domingo, 2 de junio de 2013

SUPERVIVIENTE.


Está sentada delante de una pantalla. Siente cómo la desidia crece en su interior. No tiene ganas de nada hoy. Sus sentimientos son confusos y contradictorios: pena y esperanza, cansancio y fuerza, nostalgia y furia, soledad y cariño. Quisiera llorar, pero no puede; ya ha derramado hasta la última lágrima. Sus brazos lloran por ella, y no precisamente agua. Su semblante permanece serio; no se puede permitir mostrar lo que siente. Luego tendría que dar explicaciones. Ella odia dar explicaciones. Además, ¿cómo explicar esa miseria que la come por dentro? ¿Cómo hacer comprender el por qué de su muerte en vida? ¿Cómo encontrar palabras que describan su situación? No desea perder el tiempo en tan inútil búsqueda.


El reloj marca las 6. Otra tarde camino a ser desperdiciada. Aún está a tiempo de que esto no sea así, mas no hará nada -como ya dije, no tiene ganas-. Mira por la ventana: el sol y su promesa de calma. Mientras, en su interior, se avecina tempestad. Suspira. Está cansada. Su castigado cuerpo se vuelve pesado, casi tanto como su pena. Se levanta. Camina sin rumbo de una esquina a otra de la habitación. Abre la puerta y sale al corredor. Allí se encuentra cara a cara con su mayor enemigo, aquel a quien tanto teme, aquel a quien tanto odia, aquel que tanto le hiere: el espejo. Da un par de pasos más y se detiene. Contempla su reflejo. Asco. Recorre palmo a palmo su abultado vientre. Lo golpea. Trata de contener su ira. Cierra las ojos y regresa a su silla. Coge su diario y escribe: ‘Hoy he sobrevivido un día más.’.



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