domingo, 10 de noviembre de 2013

TE NECESITO.


Otra vez domingo. Día de recuerdos, de nostalgia, de tristeza y desesperanza. Me dejo embriagar de su esencia; ésta se adueña de mi ser. Mi alma en silencio llora. Mi corazón le acompaña. Tu recuerdo puebla mi mente. Te busco a mi lado: no estás. De mi lacrimal una lágrima brota, solitaria, temeraria. Recuerdo:


“Me siento frágil, tengo ganas de llorar. Necesito compañía. Estamos solos tú y yo, en tu habitación. Somos simples conocidos, ni siquiera llegamos a amigos. Cojo mi móvil, tecleo un mensaje:


— ¿Me puedes hacer un favor?


En seguida llega tu respuesta:


— Dime, ¿qué puedo hacer por ti?


— Necesito un abrazo —respondo con miedo a tu reacción.


Entonces vienes, me tomas de la mano, me levantas de la cama y, sin más, me abrazas.”


Aquel abrazo fue especial, fue único. Me llenó como nunca nadie antes había logrado llenarme. Tus brazos apretaban con fuerza mi espalda, mi cabeza reposaba sobre tu pecho. Me sentí pequeña, frágil, pero protegida. En aquel momento supe que eras y serías tú quien habría de acompañarme en este viaje llamado “vida”.


Suspiro. Quisiera guardar por siempre ese momento en mi memoria, tenerlo siempre presente. Pero los problemas lo desplazan, el malestar.


Cuando me quiero dar cuenta, mi rostro está poblado de pequeñas gotas cristalinas, húmedas y cálidas. Es un llanto silencioso, que nadie puede escuchar. Me abrazo a mí misma a falta de otros brazos que me puedan rodear. No es lo mismo. Claro que no es lo mismo. No se acerca ni de lejos al calor de tus abrazos, a la protección que éstos ofrecen, al amor que ellos desprenden.





¿Dónde estás?, me pregunto. Ven, te necesito.

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