jueves, 23 de mayo de 2013

A SOLAS CON LA SOLEDAD.



“La tarde era clara y soleada. Una ligera brisa azotaba el césped. Decenas de jóvenes disfrutaban del agradable tiempo en animada tertulia o plácido descanso. Risas, bromas, cotilleos; ruidos varios. Una sonrisa pintada en cada rostro. Menos en el de ella.


Ella era la típica chica que nunca reía, que nunca bromeaba, que nunca había conocido la felicidad. Por eso estaba sola. A los demás les daba miedo acercarse. Y ella se alegraba de que así fuera, pues no quería tener que entablar conversación con semejantes seres.


Pero aquel día fue diferente. Aquel día, alguien rompió la barrera que ella misma había creado entorno a sí y se le acercó.


— Hola, ¿qué haces tan sola? ¿No prefieres venir con nosotros y echar unos tragos? —dijo señalando hacia un pequeño grupo de personas—. Parecemos un poco yonquis, pero somos buena gente, de veras.


La muchacha le miró con ojos de incredulidad, sin articular respuesta.


— Mi nombre es Raúl —insistió él—, ¿y el tuyo?”




La chica de la mirada triste vuelve al presente poco a poco, deleitándose aún con el recuerdo de aquel primer contacto humano. Raúl. ¡Qué persona! Él había sido capaz de mirar más allá que el resto y ver lo bueno que anidaba tras esa fachada de desprecio. Es más, él había sido capaz de revivir sus ganas de vivir, de enseñarle que la vida no solo es un valle de lágrimas, sino también de goce -¡y de qué manera se lo había mostrado!-. Ella sentía por él algo más que agradecimiento; estaba profundamente enamorada. El amor, ese sentimiento que ella creyó que jamás podría experimentar. Tan intenso, tan vehemente. Y todo gracias a un simple gesto de acercamiento por parte del muchacho. Algo tan sencillo y tan humano como un “hola”.



¿Moraleja?: Puede que quien abraza la soledad es porque nunca ha conocido el contacto de otros brazos. Tiéndele los tuyos, dale la opción de elegir.

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