Me encuentro en esta prisión exenta de barrotes, oxidada en su metálica red de pesadillas, exigua del aire que trae la calma. No tiene principio, no tiene final; es una trampa diseñada para que no pueda escapar.
Trato de gritar, pero nota ninguna sale de mi garganta. Trato de correr, pero paso ninguno dan mis entumecidos pies. Trato de llorar, pero lágrima ninguna recorre mis mejillas. Ahí me quedo, carente de voluntad, náufrago del Destino, títere de la Suerte, muñeco inerte.
De pronto una luz. ¿Es ya el momento?, me pregunto. ¿Ha llegado la hora de partir?

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